domingo, 16 de mayo de 2010

Apuntes para una crisis (III). La plaga de los parterres


Taberneros,

Si Dios existiese, esta sería su cara: la de una campana de Gauss. Esta representación gráfica de cómo tiende a comportarse a la larga cualquier lista de datos, si el tamaño de la muestra es suficientemente grande, explica el comportamiento de casi todas las cosas de la vida: en la sociedad tenemos un pequeño grupo de individuos con unos altos principios morales, una masa grande, amorfa y acrítica, y otro pequeño grupo de individuos decididamente cafres y malas personas que se dedican a joder la vida a los demás. Lo mismo puede decirse del talento de los jugadores de un equipo de fútbol, o el atractivo físico de las chicas de una ciudad.

Por lo tanto, lo mismo puede decirse del talento intelectual de un grupo de personas, pongamos por caso, que impartan clase en una universidad. En mi anterior entrada cité a las universidades como uno de los dos lugares donde la intervención de los vendedores de enciclopedias había sido particularmente nefasta. Y eso porque, desde 1978, los vendedores sacaron al aire la idea de que todas las ciudades, y hasta pueblos merecían tener una universidad. Para vender esta idea recurrieron a las engañifas de siempre: usted, ciudadano de Villaleches, merece tener una universidad cerca de casa porque sus hijos merecen ir a una universidad. En realidad, a los hijos del ciudadano de Villaleches les hubiera gustado más irse a una universidad lejos del control y escrutinio de su papá, pero ¿qué sabrán los jóvenes de lo que les conviene?

La trampa intelectual de este deseo está clara. Parte de una verdad a medias. Es cierto que cualquier persona debe tener la posibilidad de ir a la universidad. Pero nadie tiene el derecho a ir allí, de manera que nadie tiene el derecho a jugar en la primera división del fútbol. A la universidad, por lógica, deben ir los que tengan las destrezas intelectuales necesarias, prescindiendo del poder adquisitivo de la familia y del hecho de haber nacido en Villaleches o en Chamberí. Pero los vendedores consiguieron que la gente, en masa, aceptara esta idea, con un agravante: los hijos de Villaleches deben ir a la universidad en Villaleches. Así que, desde 1978 hasta la fecha, se ha emprendido una febril carrera para abrir universidades como quien abre tiendas de fotocopias. (De hecho, suelen ir unida una cosa con la otra). Donde antes había universidades en Valencia, Murcia y Granada, ahora tenemos universidades en Valencia, Cuenca, Albacete, Alicante, Elche, Orihuela, Murcia, otra vez Murcia, Cartagena, Almería, Jaén, y seguro que me dejo alguna por el camino. Lorca ya está pidiendo también su campus propio. Y todo esto, ¿por qué?

Los taberneros podrán ver en prensa el ritual todos los meses de octubre. Los cursos académicos de estas universidades se abren cuando comienzan a caer las hojas de los árboles y los catedráticos acuden con sus becas y birretes a entonar el gaudeamus igitur. Y allí tenemos, solemnísimos, a los vendedores. Les encanta codearse con rectores magníficos, y que estos les pidan más medios, más inversiones, más carreras, mejores instalaciones para los estudiantes, y los vendedores terminen por la noche con la íntima satisfacción de estar haciendo algo grande por su región. Pero, ¿realmente lo hacen?

No. Lo que hacen es parterres. Una cosa que tengo que reconocer es lo bien cuidados y lo bonito que tienen a los jardines de todas estas universidades. Hablo aquí de parterres de césped cortado al pelo, pasos de cebra de un blanco mediterráneo en las calzadas que conectan una facultad con otra, azaleas y rododendros que adornan las rotondas de accesos al campus. Todo este ingente esfuerzo en parterres seguro que ha computado en las estadísticas como inversión en educación, pero ¿realmente lo es?

Me imagino la escena, que se habrá repetido en los últimos años cuando la inspección del Consejo General de Universidades visitaba los campus de nuevo cuño, de cara a la homologación de la nueva Universidad. Los inspectores se encontraban con el rectorable, los decanables y los vendedores de enciclopedias, todos juntos en el despacho. Y cuando los inspectores pedían revisar programas, materias, profesorados, planes de investigación... el futuro rector decía:

- Olvide, olvídese de todo esto que está pidiendo – mientras asía del hombro al inspector, guiándolo hasta la ventana de su despacho. “Observe a esta universidad en todo su esplendor” – gritaba el rector, y entonces de un plumazo, descorría las cortinas mostrando de un plumazo el verde radiante, inmaculado, de los parterres del campus.

Y el inspector sólo podía dejar de exclamar:

- ¡Oh!

Y el informe se emitía favorable. Y sin embargo, parterres al margen, parece que nadie, desde 1978, se ha hecho esta incómoda pregunta con la que cierro este post de hoy: ¿para qué leches sirve una universidad?

1 comentario:

Isabel Rubio dijo...

Me tienes enganchada, dónde metes tanta sabiduría???, por cierto te has dejado Altea (la de Bellas Artes de la Miguel Hernández)...me dejo también otra?